Como pocas veces antes, la
Argentina pudo contar esta vez con el diario del lunes; y tal vez como nunca, aprovechó esa situación, disponiendo medidas que permitieron que el brote hasta ahora no se haya disparado en el territorio nacional. La parte del vaso vacía es que una cuarentena tan estricta mantiene aplanada la curva de contagios, pero no evita que en algún momento llegue el pico, que va de la mano de la flexibilización del aislamiento, que se va dando, pues es imposible mantener semejante rigidez in eternum. Por razones económicas y sociales.
La
Ciudad de Buenos Aires autorizó para este fin de semana la salida de los chicos, que vivieron confinados durante los últimos dos meses; la
Provincia también autorizó a que puedan acompañar a sus padres cuando salen a hacer las compras diarias. Es un poco lo que el
Presidente había sugerido al anunciar la fase 3, y que
Buenos Aires, CABA, Córdoba y
Santa Fe se apresuraron a rechazar entonces. Pero en este caso es algo recomendado por los médicos -tan apegados al aislamiento ellos-: pasado tanto tiempo el confinamiento genera consecuencias en la salud.
No hay demasiados antecedentes para analizar bien, pero un estudio del neuropsicólogo español
Alvaro Bilbao compara los síntomas de estrés postraumático en los padres y los niños en cuarentena con quienes no estuvieron confinados, y encontraron que las puntuaciones medias de estrés postraumático eran cuatro veces más altas en los niños que habían estado aislados.
Ni qué decir de las consecuencias económicas de una cuarentena estricta y perdurable. La
AFIP ya confirmó que el
Estado volverá a pagar la mitad de los sueldos privados en el mes de mayo, y se sabe que analizan mantener el
IFE mientras dure la crisis sanitaria. Pero el propio ministro de Economía ha deslizado que el socorro del Estado nacional no puede ser infinito.
En este contexto, con la montaña aún por delante, es que el clima político se enrareció en los últimos días. Fue el propio Presidente el que, tras haber vuelto a sentar a su lado a
Axel Kicillof y el opositor
Horacio Rodríguez Larreta, abandonó el tono conciliador para fustigar a la oposición. Venía haciéndolo al hablar de quienes cuestionaban mantener la cuarentena por sus graves efectos económicos, sabiendo que con ello les apuntaba a
Mauricio Macri y sus dirigentes más cercanos, pero en sucesivas entrevistas repitió puntualmente sus críticas al gobierno anterior y especialmente a la gestión de
María Eugenia Vidal.
No hizo falta esforzar la imaginación para recordar la reunión de tres horas que
Alberto Fernández mantuvo con su vicepresidenta en
Olivos en los días previos a esa embestida. La expresidenta puso en la mira al jefe de
Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires desde el primer día, y su compañero de fórmula mostró disposición a atender sus inquietudes. Cuando
CFK habló del presupuesto de la Ciudad, el gobierno nacional confirmó que avanzarían en un recorte en la coparticipación porteña, que solo la pandemia postergó. La vicepresidenta arrastró a
HRL en la embestida judicial que ensayó a partir de los dichos -y silencios- de la jueza
Ana María Figueroa. En una nueva demostración de fuerza, se puso en marcha toda una cadena de acciones y reacciones de legisladores que le responden -recordemos que las listas legislativas del año pasado se armaron en el
Instituto Patria-, y no puede considerarse ajena a estas medidas la decisión de la
Oficina Anticorrupción de apartarse de la querella en los juicios que más complican a la expresidenta. Vale recordar que
Félix Crous, el titular de la OA, es un reconocido dirigente kirchnerista que supo ser habitué del emblemático
678.
El analista
Sergio Berensztein tiene su visión sobre el tema. Convencido de que lo que está sucediendo en la Justicia es parte de un plan bien concreto, relaciona el supuesto aceleramiento en ese sentido con la sensación de que
“el futuro próximo va a traer aparejada una crisis muy significativa”, consecuencia de la pandemia y la deuda, ante lo cual Cristina estaría adelantando los tiempos “por miedo a que se debilite su administración y (luego) no pueda hacerlo. Cristina tiene que huir hacia adelante por miedo a que después no pueda resolver estas cuestiones judiciales”.
Como sea,
Fernández de Kirchner es un animal político de una envergadura como quizá hoy nadie pueda exhibir. Y como tal es la única que parece tener un plan y una estrategia. Mientras el gobierno debe administrar en un contexto que ya era complicado antes de la pandemia, y la oposición adolece de la falta de articulación que genera la vuelta al llano y la ausencia de un liderazgo concluyente, ella planifica. Por eso puede darse el lujo de pensar en 2023 y por eso busca limar a
Rodríguez Larreta, y también a
María Eugenia Vidal, que esta semana reapareció en público, pero sigue sin hacer declaraciones periodísticas. “No es el momento”, dicen desde su entorno, pero alienta a que hablen los dirigentes que le responden, que tachan la definición “macristas” para tildarse de “vidalistas”.
Imposible no vincular con esto el fuerte enojo que se dejó trascender los últimos días desde la Provincia contra el jefe de Gobierno porteño por haber flexibilizado la cuarentena. Arrancó el gobernador -tan cercano a Cristina-, siguieron sus colaboradores y luego se sumaron los intendentes más afines al kirchnerismo. El argumento es que al permitir la apertura de comercios, se genera un flujo de habitantes del
Conurbano hacia la Ciudad, justo en momentos en que ese distrito viene mostrando un incremento de casos. A tal punto surgieron los cuestionamientos que el intendente de Berazategui,
Juan José Mussi, llegó a advertir la posibilidad de cerrar los accesos a CABA. “Tendríamos que cerrar los puentes”, dijo. La lista de los intendentes críticos es extensa, pero completó el cuadro la intendenta de Quilmes,
Mayra Mendoza, que calificó como “acto de irresponsabilidad por parte del gobierno de la Ciudad de Buenos Aires habilitar comercios que no son esenciales”.
Desde la
Ciudad evitan elevar el tono; recuerdan que el incremento de casos detectados no tiene que ver con las últimas medidas, pues la medición tiene un delay de algunos días, y además sostienen que la mayoría corresponden a los barrios populares, que es donde han intensificado los testeos ante la certeza siempre contemplada de que esos son los sectores más expuestos a la propagación del virus. Sugieren de manera privada que en la Provincia se atajan frente al pico próximo a llegar y no descartan, como han dicho, volver sobre sus pasos si el alza se mantiene constante.
En ese contexto debe sumarse la mención que hizo
Máximo Kirchner en la sesión de Diputados del miércoles. Presente en el recinto durante el histórico debate, el titular del bloque oficialista de diputados cerró el mismo con un mensaje hacia el jefe de Gobierno porteño: “Para aquellos que le dicen que tiene que abrir a lo que dé lugar, le decimos que cuenta con nosotros para aguantar esa presión y preservar lo que hay que preservar, que es la vida de la gente”. Algunos lo tomaron como un respaldo, otros como la intención de mostrar una señal de debilidad suya precisamente ante las presiones.
Medió en esta controversia el propio
Alberto Fernández, convocando al jefe de Gobierno y su vicejefe a Olivos, con la excusa de mostrarles el kit de diagnóstico rápido creado por científicos argentinos. El Presidente ya había encabezado la presentación del mismo, acompañado por los ministros de Ciencia y Tecnología,
Roberto Salvarezza, y de Salud, Ginés
González García, pero deliberadamente generó la foto con
Larreta y
Santilli. Una señal hacia adentro y hacia afuera.
Ya se sabe cuál es el peso de las imágenes, y el Presidente quiso que esa se difundiera y para eso organizó el encuentro. De la reunión con su vice, la semana anterior, no hubo en cambio ningún documento gráfico.