A excepción del Mar Muerto, no se conoce masa de agua dulce o salada sin diatomeas. Por supuesto, son organismos fotosintéticos que retienen carbono y liberan oxígeno a la atmósfera. Sin embargo, su mayor virtud ecológica sucede cuando mueren. Las ornamentaciones porosas son estructuras óptimas para adsorber sustancias disueltas en el agua. De este modo, las frústulas retienen una enorme cantidad de nutrientes incluso después de muerta la diatomea: carbonatos, calcio, fósforo, el propio sílice de que está compuesta, e incluso la materia orgánica que formara parte de la diatomea viva.
Si los restos llegan al fondo, pueden terminar sepultados junto con el resto del sedimento y fosilizar, formando un tipo de roca que llamamos diatomita, de donde se obtiene la conocida “tierra de diatomeas”.
Sin embargo, en el Sahara sucedió otro fenómeno. Cuando el agua se evaporó y los lagos se secaron, los exoesqueletos de las diatomeas, secos y reteniendo todos esos nutrientes, se convirtieron en polvo y pasaron a formar parte de la arena del desierto. De todos los lagos, destaca la conocida como depresión de Bodélé, en Chad, considerada actualmente como la mayor fuente de polvo del planeta.
El viaje al nuevo mundo
La arena del Sahara es una de las más finas que se conocen. Es fácil que el viento arrastre hasta 60 millones de toneladas de polvo al año. Al ser tan liviano, queda en suspensión en la atmósfera, y puede viajar con los vientos largas distancias, cientos e incluso miles de kilómetros, atravesando mares y océanos y precipitándose en otros continentes.
Eso es lo que ha sucedido recientemente en España. Lo llamamos calima, y causa episodios de bruma anaranjada que puede llegar a depositarse cubriéndolo todo. Si se da la situación, puede llegar a llover barro.

