Entre 1818 y 1883 cinco expediciones partieron en busca de la “Montaña de Hierro” y fracasaron. En 1894 Robert E. Peary, guiado por un lugareño que lo condujo a cierto lugar de la isla Saviksoah, al norte del cabo de York, encontró el legendario meteorito que estaba dividido en tres partes: Ahnighito (34 Tm), la Mujer, (3 Tm) y el Perro (0,5 Tm). Como no podía ser de otro modo, los tres años siguientes Peary los dedicó a llevárselos del lugar: tuvo que hacer frente al inhóspito clima y a los problemas de ingeniería para construir el único tren que ha recorrido Groenlandia. Al final las “minas” de hierro de los Inuit fueron vendidas por 40.000 dólares al Museo Americano de Historia Natural y hoy pueden verse en la Sala de Meteoritos Arthur Ross.
Irónicamente, también nuestra civilización hace uso de metales llovidos del cielo. El 27% del níquel del mundo proviene del astroblema de Sudbury, en Ontario (Canadá), el segundo cráter más grande del planeta formado por el impacto de un gran meteorito compuesto principalmente por hierro y níquel que chocó contra la Tierra hace 1.850 millones de años. Así que si usted tiene alguna moneda con cierto contenido en níquel, como la estadounidense de cinco centavos, es muy probable que tenga entre sus manos metal que llegó a la Tierra desde cinturón de asteroides.
Pero no solo los meteoritos sirven para potenciar la tecnología; también son considerados como pruebas de la habilidad de los dioses para hacer cosas. E incluso como amuleto. Eso pasó en 205 a. C. cuando Aníbal se dedicaba a merodear por Italia amenazando la estabilidad de la República. La Sibila profetizó que Aníbal sería derrotado si la Madre de los Dioses Ideana era traída desde su templo de Pessinus, en Frigia (Turquía central), hasta Roma. En busca de una segunda opinión, lo senadores romanos consultaron el oráculo de Apolo que les dio la misma contestación: la Magna Mater debía regresar a Roma. Se construyó un buque que partió en tan sagrada misión con cinco senadores comandados por M. Valerius Laevinus. Todo ese despliegue por lo que se cree que era un trozo de meteorito de forma cónica.
Con semejante ínfula religiosa, los romanos fueron capaces de vencer a Aníbal y en poco tiempo conquistaron Cartago. En gratitud, construyeron un templo dedicado a ella en la colina Palatina donde el meteorito fue adorado durante 500 años hasta caer en el olvido. En las excavaciones que se llevaron a cabo en la zona 1730 se encontró pero fue dejado a un lado porque nadie lo reconoció. Y se perdió para siempre.
Uno de los últimos emperadores del decadente imperio romano, Marco Aurelio Antoninus también tiene su relación con los meteoritos. De joven fue ordenado sumo sacerdote en el templo de Emesa (hoy la ciudad siria de Homs). Se tomó tan en serio sus obligaciones que cambió su nombre por el del dios que se adoraba en ese templo, Elagábalo. Su culto estaba centrado en la Piedra Negra de Emesa, un gran meteorito de forma cónica.
También es posible que sea éste el origen de la Piedra Negra de la Kaaba, un lugar de culto preislámico que contenía 360 ídolos hasta que en 630 Mahoma, tras adorar la Piedra Negra, la limpió de todos ellos. Trescientos años después la secta de los carmatianos la robó y fue recuperada dos décadas más tarde: fue identificada porque, según cuenta la leyenda, flota en el agua.

